
* Con motivo de la conmemoración del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, conviene recordar que las políticas de cuidados no son solo igualdad laboral sino que también son prevención.
*Desde la PPiiNA, defendemos que cuando la sociedad facilita que ambos progenitores se responsabilicen del cuidado desde el nacimiento, no solo se reparte la carga sino que además se reduce la violencia estructural que acaba por dañar a mujeres, niños y niñas.
Vivimos tiempos en que la palabra “cuidados” aparece por fin en el debate público. Llevamos 20 años pidiendo permisos parentales que sean iguales, intransferibles, pagados al cien por cien y que se garantice la posibilidad de turnarse para que ambos progenitores puedan implicarse de verdad en la crianza.
Esta demanda no es una reivindicación menor sino una apuesta por transformar roles y por prevenir desigualdades que, a la larga, alimentan relaciones de poder disfuncionales.
Hay una conexión lógica y empírica entre corresponsabilidad en el cuidado y menor riesgo de violencia, es decir, cuando las tareas domésticas y de crianza recaen mayoritariamente en las mujeres, se consolidan relaciones de dependencia económica, sobrecarga emocional y desigualdad profesional que facilitan formas de control y maltrato.
Repartir el trabajo de cuidados no “suaviza” la gravedad de la violencia, pero sí corrige condiciones estructurales que la sostienen porque se reduce la dependencia económica, aumenta la autonomía personal y se normaliza la presencia afectiva y responsable de los hombres en la vida cotidiana.
La evidencia que recoge PPiiNA y otras experiencias internacionales muestran algo claro y es que cuando a los hombres se les concede un periodo de permiso exclusivo para cuidar, la mayoría lo emplea en cuidar -aprenden, crean vínculo y cambian expectativas-; ¡por supuesto habrá excepciones, como ocurre con cualquier prestación social, pero las excepciones son marginales! La gran mayoría cuida durante su permiso.
Y es que, un permiso de paternidad prolongado tiene efectos preventivos comprobados. En su libro El Padre en escena, la científica Sarah Blaffer Hrdy demuestra que los hombres que dedican tiempo al cuidado de sus bebés experimentan cambios biológicos similares a los de las madres: se activan las mismas redes neuronales vinculadas al procesamiento emocional, disminuye la testosterona, aumenta la prolactina y la oxitocina —la llamada “hormona del cariño”—, lo que los hace responder más rápidamente al llanto del bebé y reduce su agresividad. Estos cambios biológicos fortalecen el vínculo entre padres e hijos y, según diversos estudios antropológicos, tienen el potencial de disminuir los índices de violencia y fomentar sociedades más cuidadoras.
Por ello, defender permisos intransferibles y bien pagados y que realmente promuevan el uso sucesivo no es un capricho ideológico, es diseñar instituciones que promuevan relaciones familiares más igualitarias y más seguras.
25 de noviembre
En el debate público que rodea al 25N hace falta un marco complejo: la violencia de género tiene causas múltiples y profundas -culturales, económicas, relacionales- y las soluciones deben ser igualmente multidimensionales. Entre las políticas que importan están las medidas de prevención social como son la educación afectiva en la infancia y la adolescencia, redes de apoyo comunitarias, servicios públicos de calidad y, sí, permisos parentales igualitarios pensados para romper la división sexual del trabajo. Ninguna de estas medidas sustituye la intervención jurídica y asistencial en casos de violencia, pero todas contribuyen a reducir su probabilidad estructural.
Pero, ¡ojo!, decir “los padres que cuidan no maltratan” no es una fórmula mágica ni una afirmación absoluta -existen agresores que son padres-. Es, en cambio, una proposición política y social útil puesto que la normalización del cuidado masculino es una barrera frente a las dinámicas de poder que permiten el control y el abuso. Si queremos sociedades menos violentas, necesitamos políticas que produzcan relaciones más equitativas. Los permisos parentales igualitarios, la extensión de servicios de atención temprana y la apuesta por la corresponsabilidad son parte de ese tejido protector que precisamos como sociedad.
Pongamos el foco, ¡con hechos!, en la prevención
En este 25 de noviembre, recordamos a las víctimas y reafirmamos, como sociedad, la obligación de no tolerar la violencia, pero pensemos también en la prevención. Porque garantizar que todos los progenitores puedan cuidar sin perder salario, empleo o dignidad es una inversión en la seguridad afectiva de generaciones. Y, tal y como señalamos anteriormente, proteger a las mujeres pasa también por construir contextos donde el cuidado sea compartido, visible y valorado. Esa transformación cultural y normativa nos acerca lentamente a familias más seguras y a una sociedad menos violenta.